jueves, 26 de febrero de 2009

Volver a ser un niño

Mi madre me dice siempre que cuando era un niño siempre estaba sonriendo, sin embargo, "ahora siempre estás gruñendo".
Cada vez que me dice esto (muy a menudo, os lo aseguro), me hace pensar en qué momento sufrí esa metamorfosis, cuándo dejé de ser aquel sonriente infante para convertirme en este malhumorado que roza la treintena.
El caso es que yo no he tenido una vida difícil, más bien todo lo contrario. He tenido una infancia feliz, he crecido (poco, eso sí) en el de seno de una familia común, trabajadora y donde jamás tuve problemas importantes.
Cuando llegué al instituto, recuerdo a un profesor que se solía referir a mí como "señor Perelló, el hombre de la sonrisa perpetua" en los primeros años de mis estudios medios. Sin embargo, creo que fue en esa época en la que perdí ese aspecto de mi carácter, incluso, me atrevería a decir que la persona culpable tiene nombre y apellidos, pero tampoco sería justo señalar a alguien como responsable de algo que sólo a mí corresponde.
Pero recuperé la alegría. Mis años de universidad fueron los de mi liberación y, en general, fueron muy buenos. Reí, disfruté, conocí a gente tremendamente interesante, hice amistades. Sí, fui feliz. De hecho, recuerdo cierto profesor de Publicidad, con gran interés antropológico por las series juveniles, con el que tuve un enfrentamiento dialéctico porque no llegaba a entender por qué sonría durante sus clases. Tal vez no fuese más que envidia.
Pero todo esto fue un espejismo. Posiblemente el mundo laboral, la toma de obligaciones, una vida disoluta donde buscaba en camas ajenas lo que el amor propio no me daba... pero mi madre volvió a decirme la frase que pesa como una losa.
No sé si esto es algo personal o, por el contrario, algo común, pero es posible que poco a poco haya perdido la sonrisa.

Tal vez la solución sea, como cantaban Los Secretos, "volver a ser un niño".



jueves, 19 de febrero de 2009

La persistencia del tiempo

Se expone en Expaña el cuadro de Salvador Dalí titulado 'La persistencia del tiempo'. Tal vez por este nombre haya quien no sepa exactamente a qué obra del genial pinto de Figueras me estoy refiriendo, pero si explico que los protagonistas son unos relojes blandos, nadie tendrá duda de la pintura de la que hablo.
Lejos de juzgar la belleza del cuadro (no soy crítico de arte algo y, en mi opinión, es algo demasiado subjetivo) quiero hablar del significado del mismo.
Parece ser que Dalí quiso representar la fugacidad del tiempo y la búsqueda de la inmortalidad y, y yo me pregunto (porque para eso estamos, para preguntar y elucubrar), ¿qué tiene de bueno o interesante ser inmortal? ¿No es la fugacidad del tiempo y la inmortalidad dos conceptos incompatibles?
Sin la muerte rondando la mente del ser humano, no existirían límites ni restricciones. ¿Quién te va a decir que no bebas y conduzcas (como a mister Ánsar) si sabes que, aunque lo hagas, no te va a suceder nada?
¿Y las religiones? No tendrían sentido, puesto que se basan principalmente en que vivimos en un valle de lágrimas y que, a su fin, comienza la verdadera realidad en el paraíso.
¿Y la vida? ¿Existiría? Si no hay muerte, tal vez no lo haría, porque nada existe sin su contrario.

Demasiadas preguntas, creo que comienza a dolerme la cabeza y ya no sé si vivo o si lo hago sin vivir en mí, que diría Santa Teresa. Mejor me dedico a contemplar el cuadro y vuelvo a ser unos más, que se está más tranquilo.

domingo, 15 de febrero de 2009

San Ballantines (el mío, con Coca-Cola)

He estado unos días en Madrid (la única ciudad en la que consiguen que me sienta como en casa sin estarlo) y, durante el viaje, en el que he estado acompañado por Paco, amigo y compañero de fiestas y fechorías, surgieron diversos y múltiples temas de conversación.
Como somos dos hombres machos y aguerridos, no hablamos de sentimientos... bueno, vale, sí, lo hicimos, pero siempre lo negaremos. La cuestión es que Paco soltó una frase lapidaria: "eso de estar enamorado tiene que ser la hostia".
Yo sonreí, bueno, realmente me descojoné, y me limité a asentir aunque, como siempre, comencé a elucubrar (como me gusta a mí elucubrar, pijo) y pensé para qué sirve eso que llaman amor y si realmente existe.
Siempre he defendido que lo del amor no es más que un estado de ánimo y la forma que tiene el ser humano de tapar su miedo innato a estar solo. Porque, ¿acaso hay que tener para ser feliz? Conozco muchísima gente con vidas completísimas que no necesitan a un hombre o una mujer a su lado para sentirse realizados, lo suplen con otras cosas como amistad, trabajo u ocio y, es posible, que para ellos eso sea el amor.
Porque... ¿qué es realmente estar enamorado? Para cada uno tendrá una acepción distinta. Para mí, por ejemplo, podría ser encontrar una mujer por la que fuese capaz de cualquier cosa, como comprarme un disco de 'Andy y Lucas' (otra cosas muy distinta es que lo oiga, ojo), o esa persona que te dice un "te quiero" cada mañana y un "te amo" cada noche, mientras te acaricia la espalda hasta que te quedas dormido sonriendo.
No sé, tal vez los amores más profundos, sinceros y hermosos sean aquellos en los que no hubo ni tan siquiera un beso ni una mirada, esos que se conservan en tu interior como algo perfecto y casi sagrado y que, al recordarlos, te producen tanto dolor como te emocionan.
Posiblemente, el amor verdadero no sea más que darle la oportunidad a otra persona de hacerte feliz, sin medias tintas, sin preocuparte de qué pasará mañana, de entregar tu corazón sin miedo a cómo te lo van a devolver.
O, tal vez, todo sea más simple y el amor, sencillamente, no exista. Yo, por si acaso, propongo celebrar cada 14 de febrero el día de San Ballantines. Y el mío, que sea con Coca-Cola, por favor.