Conduzco de noche. La carretera está vacía, como si fuera en parte un simil de mi vida. Ningún coche altera mi marcha y las ruedas del mío van comiéndose kilómetro a kilómetro el asfalto.
El autorrado desgrana las letras de otro cantante convertido en guiñol por la industria musical, pero sus rimas son tan pegadizas como simplonas, por lo que acabo tarareando, inconscientemente sus ripios, así que decido pasar por todas las emisoras que tengo memorizadas, una a a una, pero ninguna me ofrece nada interesante más allá de un curso de guitarra a distancia, que me arranca la primera sonrisa en mucho tiempo al pensar cómo cojones se pueden aprender acordes sin que nadie te coloque las manos en el lugar adecuado.
Así que decido pasar al modo CD, que me sorprende con la voz de Calamaro que me hace repetir con él: "dan las seis, sintonizo a los Stones, recuerdos del pelo largo..."
Sigo conduciendo mientras pienso que no sé si quiero volver a casa, no sé si lo que quiero es llegar y sentirme solo una noche más o prefiero deambular y dejar que sea el destino el que me lleve a algún lugar.
De repente algo me sobresalta. Un coche detrás de mí me hace señales con las luces. Mi primer pensamiento va hacia la policía, creo que no he hecho nada incorrecto, pero nunca se sabe. Vuelvo a mirar por el espejo retrovisor y compruebo que no es la Benemérita dispuesta a joderme el presupuesto de este mes, sino que se trata de un deportivo negro que me apremia para que acelere. Miro el velocímetro y me aseguro de que voy a un ritmo correcto, "mala suerte. Si tienes prisa, madrugas".
La cuestión es que mi perseguidor no desfallece y cada vez se acerca más a mi coche, tanto que casi noto su aliento como si estuviera sentado en los asientos de atrás de mi modesto Wolksvagen. Tanto le urgía adelantarme que utiliza un tramo de arcén para sobrepasarme e, incluso, le da tiempo a dedicarme una frase cariñosa pero, una vez más, te equivocas amigo, no todas las madres son como la tuya.
Sigo con mi velocidad de crucero y pienso que es una noche rara, atípica, que todo lo que me estás pasando últimamente se podría resumir fácilmente con este viaje eterno a ninguna parte, que debería contar todo esto (y algunas cosas más que me estoy reservando) a alguien... pero no soy así, así que me instalo en el modo
tupperware y me limito a pensar en que tal vez lo escriba en mi blog, por para ponerlo en conocimiento de nadie, no por afán literario, sino por el simple hecho de comunicarme, de hacer saber que aún sigo vivo, aunque sea en una historia insustanciada y banal... pero sigo aquí.
Cuando ya me había olvidado del impresentable del deportivo, coincidimos en un semáforo. Ocupo el carril de su izquierda, le miro y sonrío en un claro gesto de "vaya, ¿no tenías tanta prisa?". Se puede leer el odio y la ira en sus pupilas, justo debajo de una frente en la que podría proyectarse sin problema alguno 'Memorias de África' sin que el paisaje del
contienente negro se viese perjudicado de modo alguno. Para r ebajar su mal humor, la mujer que le acompaña, que hasta este momento no había reparado en su presencia, le pasa una mano casi angelical por la cara y le susurra algo al oído. Luego me mira fijamente a los ojos durante unos segundos que se me hacen eternos y su cara se queda fijada en mi retina para siempre. Cierro los ojos y puedo recordar, como si fuese un holograma, aquel rostro por el que hasta el mismísimo Alejandro Magno hubiese dado su imperio por contemplar al menos durante un instante, una cara por la que valdría la pena empezar diez mil guerras.
El semáforo se pone en verde. Miro a mi lado pero allí no está el coche, ni el dueño del frontón, ni la chica. Vuelvo a cerrar los ojos y la imagen sigue ahí. Era real.
El claxon del vehículo que me precede me saca del sueño. Acelero con la sensación de que no sé qué es lo que ha sucedido. Me siento extraño, raro, abducido, me siento como un personaje de mi queridísima
Ego.
Y siento... que la vida no es como en mis películas.